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Como la noche y el día, dos frases marcaron reveladores contrastes en apenas recientes tres días del Ecuador.

“La humanidad ha creado un sistema de economía perverso” dijo el Ministro del Ambiente, Agua y Transición Ecológica del Ecuador, Gustavo Manrique; “En la amazonía no veo desarrollo, pese al discurso del petróleo y minería que está en nuestros territorios” puntualizó Opi Nemquimo, vocero de la amazónica resistencia waorani. Estas declaraciones publicó El Comercio, 29 y 31 de mayo, respectivamente.

Al caracterizar al modelo económico vigente como “perverso”, con acierto notable, el Ministro ecuatoriano lo definió con otras de sus características: corrupción, desenfreno, depravación, inmoral, degeneración. Al otro lado, privilegiando el “valor de uso” de los recursos naturales, preservando la biodiversidad -sustento de la vida humana- están las comunidades amazónicas, andinas y pueblos campesinos que impulsan verdaderas modalidades de eco-economía. 

En la geografía del Ecuador Maravilloso todavía se encuentran territorios y comunidades que respetan a la madre tierra (pacha mama),  conservan tradiciones, leyendas y mantienen prácticas del milenario sumak kawsay  (Buen Vivir)

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Región ejemplar es el Chocó Andino, 286.8 mil hectáreas, que forma parte de la Red Mundial de Zonas de Reserva de Biósfera con certificación de UNESCO. En cantones, parroquias y caseríos -como en la oriental región Amazónica-, hay conciencia que el mundo tiene números rojos por la depredación de los recursos naturales.

El turismo responsable en bosques todavía vírgenes, cruzando ríos con aguas transparentes, por valles y montañas de verdes paisajes, es forma de vida que batalla contra la economía perversa que concede único valor al dinero.

El Chocó Andino y Ecuador permiten escuchar las voces reales, únicas y sorprendentes de la naturaleza en todas las manifestaciones de fauna, flora y aire puro. AQUÍ EL TURISMO ES PARA LA VIDA.  

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Las respuestas a tres profundas interpelaciones de un loco genial: D’où venons nous? / Que sommens nous? / Où allons nous? (¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?) se encuentran en las indescriptibles maravillas de los árboles, bosques, mariposas y gorjeos de aves.

En 1897 las escribió el gran pintor y escritor francés Paul Gauguin, como personal reclamo por conocer los enigmas de la existencia humana. Estas preguntas aparentemente simples se colocaron en un letrero, sobre una pintura que refleja coloridas escenas de mujeres en selvas de Tahití. Las respuestas vinieron de científicos y de institutos de investigación de comportamientos de la economía y ciencias del clima, sin alusión directa a las inquietudes de Gauguin: en el Siglo XX la población aumentó exponencialmente con cada vez mayor exigencia de crecimiento económico, con recursos naturales finitos que se han agotado y amenazan la supervivencia de la humanidad.

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¿A dónde vamos? Preguntó Gauguin. El “Informe Planeta Vivo” de la WWF reveló que “la relación de la humanidad con la naturaleza está fracturada… el 68% de las 25 mil especies de animales estudiadas han disminuido afectando “la salud del planeta”. Apenas seis meses atrás, el último informe de OXFAM puntualizó que “apenas el 1% más rico de población mundial emite más del doble de CO2 que la mitad más pobre del mundo”; es decir, el consumo de los ricos contamina más al planeta.

Los árboles del mundo y la diversidad biológica que generan se multiplican en otras formas de vida: insectos y aves, flores, abejas y mariposas, aromas del aire que aspiramos y sombra protectora para otras especies, reunidos en mágicos bosques-selvas. En Ecuador se considera a la naturaleza como el mayor bien común de la humanidad.

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Ecuador tiene naturaleza que ofrecer a propios y visitantes. El pueblo de San Miguel de los Bancos responde con una sonrisa y mano extendida al requerimiento de Gauguin “¿Où allons nous…? ¿a dónde vamos?: ¡Aquí hay vida!, dicen. Si el gran pintor francés hubiese conocido este paraíso habría sido cautivado por el embrujo del tucán del chocó, la cascada del amor, los aromas del cacao y revoloteo de mariposas rojizas y amarillas. Escuchando la suave “respiración de la montaña” hubiese encontrado la curación a los males de mente, alma y cuerpo que en su vida le atormentaron.

¡Es magia de la naturaleza del Chocó Andino¡

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Se trata de una crónica escrita, por un autodenominado “colono desde 1963”, rememorando el nacimiento de un pueblo enclavado en la inhóspita selva noroccidental de Quito que, tras una curiosa negociación entre la inspiración de un sacerdote católico y la visión laica de sus fundadores, terminaría llamándose San Miguel de los Bancos.

“Una historia no muy lejana” titula esa obra que, en realidad, nos acerca a historias, fechas, anécdotas, personajes y hechos que marcaron el rumbo progresivo desde lo que fue una incipiente comuna; convertida en caserío, elevada a parroquia y transformada, ahora, en floreciente cantón, siempre a fuerza de iniciativas creadoras de sus pobladores o allegados.

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“Fue un amor a primera vista” confiesa Patricio Espinel Cueva, autor de la sabrosa crónica, en una especie de prólogo poético, añorando las “silvestres curvas de tus montañas”. . .”el velo juguetón de las neblinas”, que le lleva -inevitablemente- a un  “romance viejo”, recordando cuando de niño “corrí por tus caminos y me mojé en tus aguas”.

Con nostalgia lamenta que “Otros caminos me llevaron lejos, nos separamos un tiempo, pero no te olvidé nunca” y como todo enamorado perdido: “al final, volví a buscarte, me quedé a vivir contigo”. Todo ese sentimiento trasluce nuestro narrador a lo largo de 158 páginas iniciadas con una sentencia del ex canciller alemán Helmut Khol que, dice: “Un pueblo que no conoce su historia no puede comprender el presente ni construir el porvenir”.

Desentraña documentos para recordar las primeras huellas de ese pueblo, sus fundadores y las peripecias para sobrevivir en una selva que los conquistadores incas y españoles evitaron  penetrarla y rememora cómo una colonia de europeos sucumbió a serpientes, mosquitos y malaria; sin embargo, dejaron huellas genéticas cuyos descendientes aún habitan el territorio y son también protagonistas de “esta historia no muy lejana”.

La narración evoca tiempos perdidos, hace dos mil años antes de nuestra era, con los yumbos como amos y señores de estas tierras, gestores de una rica cultura evidenciada en innumerables testimonios arqueológicos, regados a lo largo y ancho del cantón San Miguel de los Bancos.

El autor bucea en los intercambios con el señorío incásico vestido de algodón yumbo y nos recuerda el comercio intenso yumbo - españoles consumidores de maderas, pescado, sal y especias ricas en la zona, para narrar los lentos y sufridos avances durante la incipiente república y el crecimiento de los últimos tiempos impulsado por industrias florecientes, agro actividades en ascenso y un turismo sostenible convocando al mundo a mirar el biodiverso mundo del inigualable Chocó Andino.

 

Nombres, fotografías, cartas testimoniales, presupuestos, listas de aportes voluntarios en procura de escuela, dispensario médico, agua, electricidad, teléfono nos dicen de las carencias que debieron vencer esos luchadores de tiempos viejos para llegar a las comodidades aún insuficientes de los tiempos nuevos.

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Y, entre ellos, con justicia, recuerda a su padre Juan Espinel Calvache, de cuyas manos vino ese niño a crecer en la tierra de sus amores que, a la hora de la hora, nos está entregando sus recuerdos y los recogidos a vecinos y viandantes cargados de reminiscencias, materia prima de esta breve historia lugareña.

Es un texto fácil de leer, amigable, cargado de referencias testimoniales narrados en primera o tercera persona, según los casos, que desafía nuevos retos para enriquecer lo aquí narrado; ampliar o precisar datos como aquel que se le asigna a un ex prefecto liberal el honor de haber construido la actual carretera entre Quito y el río Blanco, cuando el autor verdadero se llama Rodrigo Borja Cevallos, que estuvo en el acto inaugural invitado por el entonces ex presidente Sixto Durán Ballén, quien concluyó la obra. 

Estudios de vestigios arqueológicos, regados en la sinuosa escarpada selva, indujeron a investigadores de distintas disciplinas científicas, a pensar que los yumbos habitaron en territorios de los Andes Septentrionales que cubren las actuales provincias de Cotopaxi, Pichincha e Imbabura.

No existe una certeza sobre la presencia de los iniciales tiempos de esta cultura que, según unos, existió  hace 2000 años antes de Cristo; en tanto otros mantienen la tesis de una antigüedad mucho mayor. Lo cierto es que las primeras evidencias documentales sobre su real presencia, en lo que hoy conocemos como Chocó Andino, se remontan a mediados del siglo Décimo Quinto.

En 1941, el Cabildo de Quito, nombra un Teniente de Corregidor para los pueblos  de “Cotocollao, Pomasqui, San Antonio, Perucho, Puéllaro, Calacalí, Nono y en la provincia de los Yumbos”; en tanto, una de las actas de entrega de tierras del mismo cabildo, fechada en marzo de 1584, otorga una encomienda a Esteban Rodríguez “por el camino arriba que va a los Yumbos”.

El cronista español Cabello Balboa, en ese mismo año 1578, estableció los límites del territorio Yumbo: al Norte Lita; Sigchos, en el Sur; en el Oeste, Atacames y al Este, Quito, zona a la que  describió como “tierra áspera y húmeda y por ello montuosa”, donde habitan los nativos dispersos en aldeas de Gualea, Cachilacta, Alosi, Nappa, Cansacoto, Bilau y Carapullo.

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Fuentes de cronistas Ibéricos, en 1570, estimaban en 15 mil el número de habitantes Yumbos con los cuales se pretendía construir una vía desde Quito hacia Manta, proyecto fallido porque, había un número insuficiente para emprender la obra, según versión de otro relator que, en 1582 registró “once pueblos Yumbos con una población total de 4176 habitantes”.

De ese total, solamente  1.200 podrían ser considerados como fuerza de trabajo, mientras el restante  “71 por ciento estaba conformado por muchachos, mujeres, viudas y ancianos”, una fuerza de trabajo difícil de domesticar puesto que los yumbos eran considerados libres y   estaban exentos de pagar tributos.

Desde la época prehispánica, los Yumbos eran hábiles comerciantes e introducían sus productos  usando los famosos “cunucos”, caminos semi subterráneos construidos para facilitar su desplazamiento y protegerse de las inclemencias del tiempo, en sus largas travesías remontando crestas y laderas de montaña, apoyados en dos largas varas de chonta y cargando pesadas “ashangas”, cestos cilíndricos de mimbre vegetal, de boca ancha.

Estos agotadores viajes de intercambio se realizaban trepando hasta Aloag, ubicada a 3000 metros sobre el nivel del mar o dando la vuelta hacia Calacalí, algo menos inhóspito aunque un tanto más largo que Lloa o Nono, otro par de senderos secundarios situados tras el flanco sur, del nevado Pichincha, el primero y; del flanco norte, el segundo.

Versiones afirman que el Inca Atahualpa se vestía finas túnicas elaboradas con hilos de algodón proveniente del país de los yumbos y, junto con su corte, degustaban sal, ají, coca, y reclamaban otros de uso simbólico o ceremonial como el oro, la chaquira, plumas de aves o pieles de animales.

En la colonia continuaron con el comercio no solo de tejidos - pagando comisiones  a los encomenderos – sino que abastecían de frutas tropicales, peces y madera tan necesaria para combustible en Quito, una vez agotada tras la tala de los bosques aledaños.

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En el incario y en la colonia, a los Yumbos se les ve recorrer calles y senderos cargando a cuestas  enormes cestas, con sus pantalones cortos de lienzo listado, bien ceñidos, el busto desnudo, pintarrajeado y adornado con bandas de pájaros embalsamados o conchitas marinas.

Este pueblo que, en tiempos remotos vivió integrado y en armonía con la naturaleza, desapareció por causas hasta ahora desconocidas, pero todavía se conserva latente en el folklore de algunos lugares de la Sierra ecuatoriana, como en el Valle de Pomasqui, donde anualmente se celebran las famosas yumbadas.

En el Chocó Andino su espíritu, visión cosmológica, filosofía y modo de vida se encuentran impregnados en vasijas, collares, pirámides, enigmáticos petroglifos o en los denominados Baños del Inca y su conjunto arqueológico de Tulipe, lugar en el que se ha construido un museo de sitio, digno de visitarlo para conocer algo más de los dueños y señores del Chocó Andino, bautizado en la colonia como el País de los Yumbos.