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El “Sumak Kawsay” Futuro

Wagner Abril


El dinero no entiende de inspiración, halos energéticos sanadores y pensamientos positivos. Es insensible a percepciones humanas que produce un árbol o la inmensidad del bosque. Desconoce el rol fundamental de la naturaleza para el equilibrio de fuerzas espirituales, síquicas y físicas con capacidades curativas para los seres humanos. Por ello, en algunos sitios del Chocó Andino tenemos otro indicador: Felicidad Nacional Bruta, en reemplazo del mundialmente conocido PIB que solo mide la producción anual de la economía. Con la “glocalización” se han generado los Índices de Desarrollo Humano IDH.

El dinero se agota en compra-venta de objetos para el placer efímero de los sentidos. La naturaleza, en cambio, extiende sus potencias a dimensiones superiores del espíritu. Por sus poderes, el fuego y el sol, las aves, algunas especies de mamíferos, cascadas y ríos, los árboles son venerados en las antiguas tradiciones de pueblos ancestrales.


En 1855, con fuego se escribieron palabras con verdades de truenos que resuenan todavía: “Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas. El viento, el caballo y el ave son nuestros hermanos. Las crestas rocosas, las selvas y las praderas son nuestras hermanas. Todos pertenecemos a la misma familia”. El jefe indio Seattle respondió así al Presidente de Estados Unidos, Franklin Pierce, con una carta que describía los inmensurables valores espirituales y afectivos que la naturaleza de sus fértiles territorios guardaba para sus pueblos, superiores a la oferta de dinero que había recibido.

EL “MAL DESARROLLO”

La ambición por el dinero para las necesidades de supuesto bienestar, han llevado a países, gobernantes, empresas y personas a olvidar lo importante: ningún modelo económico puede crecer ilimitadamente sobre recursos naturales que son finitos. Y que, según numerosos estudios técnicos, su terminación se acerca cada vez a mayor velocidad. El “progreso” desatado al amparo del libre juego de las fuerzas del mercado, explotando la naturaleza y todas sus riquezas parece terminar. La ortodoxia económica se acaba; las tesis de Adam Smith mueren en el afán desmedido de riqueza, ausencia de ética y el individualismo supremo del “mainstream” económico.

Con el neoliberalismo depredador el planeta vive una “deuda ecológica” que aumenta cada año (los recursos naturales que debe producir la tierra en un año se consumen en cada vez menor tiempo). Este fenómeno, llamado Overshooting Day o Día de Sobrecapacidad de la Tierra, en el 2021 es el 29 de julio. Hoy, devoramos alimentos, agua y recursos que pertenecen a las generaciones venideras. Lo que se vive, es “mal desarrollo”.


Al Chocó Andino llegan visitantes inteligentes y sensibles. Atraídos por la fascinación indescriptible de nublados bosques, flores de aromas delicados y azuladas mariposas, árboles y vuelo suave de pájaros, de colibríes y zumbidos de abejas, encuentran pueblos que viven con espíritu comunitario, compartiendo sabiduría, leyendas y mitos ancestrales y los frutos únicos del territorio.

Los turistas recuperan la vida perdida en altos edificios y tráfico asfixiante. Aprecian los silencios de bosque y hojas, sonidos tenues de ramas que se mueven con el viento, el tonificante frío natural de montañas y páramos. Se aturden con paisajes coloridos de belleza indescriptible. Llegan con las mismas ansias del poeta que exclamó tener “hambre de espacio y sed de cielo”, con miradas puestas en los verdes horizontes.

Subsisten varias amenazas para este patrimonio de incalculable valor espiritual y emocional, que multiplica por miles de veces su valor en dinero. El pueblo, nosotros, respondemos con vida más simple, acercándonos al Sumak Kawsay de nuestras civilizaciones milenarias: vivir en comunión con la naturaleza, como parte indisoluble de ella. En el Chocó Andino se vive la Vida.

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